Hace unos años quise vivir uno de los lugares más reconocibles de Andratx: el restaurante de la pequeña isla al que se llega por un puente desde la playa de Es Camp de Mar. Es una de las postales clásicas de Mallorca, pero no quería conocerlo solo como una imagen.

Esperé a que pasaran los meses turísticos más concurridos. Quienes vivimos en la isla todo el año aprendemos a disfrutar del tiempo de verano después de que se marchen las multitudes. La luz sigue siendo generosa, el mar puede seguir caliente y toda la experiencia cambia cuando nadie tiene prisa.

El restaurante ofreció lo que esperaba: personal atento, una buena carta, buenos vinos y un entorno directamente sobre el agua. Recomiendo la lubina a la sal con un vino blanco gallego. Es imprescindible reservar si quieres asegurarte una mesa.

Suelo decir que la isla de la calma nos da placeres difíciles, o mucho más caros, de reproducir en otros lugares. Este fue uno de ellos: una comida, un puente, el sonido del agua y tiempo suficiente para apreciar las tres cosas.

Por eso también recomiendo vivir y comprar una casa en Mallorca. No porque cada día parezca una postal, sino porque un día normal todavía puede contener un momento como este.