Mi llegada

Mi primer destino en Mallorca fue Es Trenc. Recuerdo perfectamente la llegada desde el aeropuerto de Palma, después de un vuelo desde Ibiza, la isla donde vivía aquel año. Mallorca me recibió por primera vez con una paella en el Club Nàutic Sa Ràpita.

Desde el restaurante veía todo el arco de la playa de Es Trenc. Comí la paella con un vino mallorquín mientras observaba cómo cambiaba la luz sobre el agua. No fue una llegada ceremonial, pero se convirtió en uno de esos recuerdos que fijan un lugar para siempre.

Después de comer, lo mejor es caminar por la playa. Allí siguen los restos de antiguos nidos de ametralladoras de la Guerra Civil, 1936–1939. Se han convertido en intervenciones artísticas, cubiertas con frases poéticas en catalán que hablan, a menudo, de paz y amor. El contraste es poderoso: estructuras construidas para la guerra sobre una playa bellísima, transmitiendo ahora otro mensaje.

Campos más allá de la postal

En invierno, después de comer y caminar, recomiendo recorrer los nueve kilómetros hasta Campos para tomar café y algo dulce en Pastisseria Pomar, en la calle principal. Es un clásico mallorquín, gestionado por varias generaciones de la misma familia y todavía un punto de encuentro imprescindible del pueblo.

Los sábados, desde la mañana hasta primera hora de la tarde, Campos celebra su mercado semanal. Es un buen momento para pasear sin prisa y descubrir la vida cultural, comercial y gastronómica. No hay que perderse el casco antiguo ni el interior de la iglesia. También recuerdo haber asistido a misa dominical en catalán: un espacio arquitectónico, una lengua local y un momento de paz unidos.

¿Qué hacer después de trabajar?

¿Quién no querría salir del trabajo y pasar la tarde en Es Trenc un 18 de septiembre, cuando la playa está casi vacía, no hay problemas para aparcar y Campos queda a solo diez minutos? Sentarse con el mar a pocos metros, respirar la brisa, pensar o meditar con absoluta tranquilidad es uno de los grandes privilegios de vivir aquí.

Siempre me ha gustado terminar el día e ir allí solo o con amigos. El club náutico de Sa Ràpita está a unos cientos de metros si quieres comer o beber algo. Campos quizá no tenga la vida social de Sóller o Palma, pero ofrece paz, seguridad y calma, incluso en verano.

¿Qué hay que hacer después del trabajo? A veces, nada. Disfrutar del lugar que elegimos para vivir y disfrutar de la vida. Porque a veces el dinero no es lo que necesitamos para ser felices.