Una vida en las Islas Baleares
Por qué elegí vivir en Mallorca
Clima, calma, seguridad y vínculos humanos: por qué Mallorca se convirtió en mucho más que el lugar donde trabajaba.

Por qué empecé a escribir
Cosas que hago y he hecho en Mallorca y que me gustaría compartir contigo: esa fue la idea sencilla detrás de este blog. Aprendí a escribir de niño, viendo a mi padre, periodista, teclear en una Olivetti. En nuestra casa escribir nunca fue un ejercicio abstracto. Era una manera de mirar con atención, elegir lo importante e intentar contarlo con honestidad.
Años después, tras llegar a las Islas Baleares, empecé a registrar lugares, caminatas, comidas y encuentros. No pretendían ser un catálogo de recomendaciones turísticas. Eran las piezas con las que fui comprendiendo la isla y, finalmente, por qué había decidido quedarme.
La isla de la calma
Pocos lugares del mundo ofrecen lo que Mallorca: clima, seguridad, multiculturalidad, sanidad, conexiones con el mundo, playas, montañas, ciudad, pueblos y una variedad extraordinaria de pequeños placeres cotidianos. A veces dejamos de valorarlos precisamente porque se vuelven familiares.
A Mallorca se la llama a menudo la isla de la calma. La frase puede sonar publicitaria hasta que experimentas lo que significa terminar de trabajar y llegar a una playa casi vacía, o salir de Palma y encontrarte poco después entre campos y ovejas. La isla no es pequeña si se mide por la cantidad de vidas diferentes que hace posibles.
Las opciones inmobiliarias reflejan esa variedad. Playa, montaña, ciudad o pueblo: la respuesta correcta depende de cómo quiera vivir cada persona. Una vez fotografié ovejas pastando en el terreno de una casa que representábamos cerca de Lloseta. La propiedad estaba próxima a Inca y bien conectada con Palma y las playas de Alcúdia, pero su gran parcela permitía una vida casi rural. Aquella escena decía más sobre Mallorca que una lista de características.
El sector inmobiliario me permitió cruzar la isla y entrar en sus casas. La vida cotidiana me enseñó a leer lo que las rodeaba: el mercado semanal, la lengua de la mesa de al lado, el viento de invierno, el camino al mar. Una casa nunca es solo un edificio. También es la vida que se vuelve posible a su alrededor.
